Apocalipsis
Escuché
una voz que provenía de los ángulos de esa voz: “Suelta al gran río, la hora,
el día, el mes”. Yo pude oír solo un número.
La
cabeza vomitaba fuego, porque el poder reside en la boca, aunque sea incapaz de
ver, oír, caminar.
Luego
vi un arco iris sobre mi cabeza como un libro pequeño abierto. Puse el pie
derecho sobre el margen izquierdo y grité: ¡No lo escribas!
Se
acabó el tiempo de la espera.
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